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No me gustaría ser el planner de la Monarquía

  • video
  • feb
  • 26
  • 2013

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Hasta hace relativamente poco, la marca MONARQUÍA gozaba de todas las bondades que una marca poderosa (en términos de David Aaker) pueda desear:

- Tenía devotos que la defendían a capa y espada, gente que argumentaba su conveniencia desde la razón y gente que lo hacía desde el sentimiento irracional.

- También tenía opositores, pero los justos: insuficientes para afectar su posición dominante y suficiente para alimentar, con sus críticas, la defensa constante de los devotos.

- Seguía fielmente unos valores centrales que le daban solidez y reputación: la responsabilidad, la ejemplaridad y el patriotismo social.

- Amparaba un amplio portafolio de buenos productos que le permitía gustar a uno y a otro: el Rey, la Reina, el Príncipe, las Infantas, los maridos de las Infantas, los nietos…

- Gozaba de una legitimidad construida a partir de su propio desempeño durante la transición a la democracia. Esta legitimidad merecida, sustituía una legitimidad que ya no era suficiente para sustentar su razón de ser: la divina.

- Todos estos significados de la marca MONARQUÍA adquirían valor porque se traducían en una serie de beneficios para la sociedad. Es difícil definir en palabras estos beneficios; los sociólogos hablan de la seguridad y la tranquilidad que otorga “algo” que está por encima de los tres poderes.

- A las élites económicas y políticas, la MONARQUÍA les daba un beneficio (más funcional) basado en su capacidad de influencia para los negocios en los mercados lejanos.

Pero llegó el Apocalipsis, la caída del velo. Y se reveló lo que supuestamente sucedía en palacio: el caso del yernísimo, la distante relación entre los Reyes y su constante disimulo, las lujosas escapadas a escondidas, la incoherencia de presidir WWF y cazar elefantes

Y entonces aparecieron los dos factores que habitualmente destronan a las marcas líderes y las llevan incluso a la desapariciónla pérdida de credibilidad y la fractura en la integridad de sus valores. Desde entonces, la marca MONARQUÍA ha empezado a erosionarse:

- Ha visto mermada su capacidad de seguir suministrando a la gente esos beneficios de seguridad tranquilidad que tanto necesitan.

- Ha visto cómo se ha reducido la estima de los ciudadanos. Sin transparencia y sin honestidad una marca no puede ser admirada ni querida.

- Incluso ha visto limada su reputación fuera del país y disminuida la capacidad de influencia que tenía.

- Al final, la suma de todos estos factores, ha erosionado lo más importante de una marca: su razón de ser, su legitimidad desde el punto de vista de sus consumidores. Sin un comportamiento impecable y exquisito es lógico que una marca con funciones simbólicas se vea gravemente afectada.

Todas estas reflexiones de índole cualitativa se sustentan por las evidencias cuantitativas que publica el CIS: en Octubre de 2011 la MONARQUÍA suspendía por primera vez en la historia con una valoración del 4’89 sobre 10. Y como si de un tracking se tratara, el mismo estudio indicaba que la mayoría de los jóvenes de 35 años no comprenden la utilidad de la institución monárquica en España.

Igual necesitan un planner. Voluntarios, mandad vuestro CV.

 


2 comentarios Deja un comentario
  1. Gem Romero,

    Si hace unos 7-8 años estuve feliz de conseguir matrícula de honor en mi tesina sobre branding. Este artículo, es muy grande, porque es un estudio muy practico /teoría de David Aaker con la realidad de la Monarquía.

    Te felicito, por la combinación porque es espectacular.

    Me ha encantado, leerte, y me suscribiré para que me continueen llegando notícias como estas,

    Un saludo,

    Lourdes

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