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De las ‘lovemarks’ a las ‘marksinlove’

  • video
  • nov
  • 12
  • 2013

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iloveme

Cuando hace años una conocida cadena cafeterías de logo verde e inquietante sirena (¿es una sirena,no?) hizo su desembarco en nuestra tierra, muchos pensaron que un establecimiento más parecido a una hamburguesería que a una cafetería de toda la vida no iba a durar mucho. Y es que en un país en el que, como dijo Pérez-Reverte, no hay dos españoles que tomen el café de la misma manera, pensar en cartas de café estandarizadas escritas sobre luminosos no parecía un buen negocio.

Pero, ¡oh sorpresa!, la cosa fue bien y la cadena se extendió como una marea verde incorporando expresiones italianas a nuestro desayuno diario.

Pero, ¿por qué triunfó? Porque a diferencia de las cafeterías de toda la vida, podías PERSONALIZAR tu café, en lugar de indicar variaciones sobre una carta predeterminada, y porque tomarse un café allí MOLABA.

Y ese afán de hacer muy nuestros todos y cada uno de los objetos de consumo que dan sabor y color a nuestras vidas, es algo que las marcas pillaron al vuelo.

En un momento como el que atravesamos de crisis de consumo, en el que gastar un solo euro de más requiere un cónclave mental de buenos y malos pensamientos, la personalización se convierte en un arma para ganar la guerra de las ventas. Y las batallas empiezan en la cesta de la compra  (refrescos que dan chispa a tu vida, cremas de cacao que hacen de celestinas en los primeros amores de juventud, etc.) y terminan en el último jean de la temporada.

Y no se trata sólo se llevar un producto personalizado con nuestro nombre, color favorito o cualquier otro elemento que lo distinga como “mío”; se trata de mostrarle al mundo cuánto molamos. Algo que para resumir consiste en hacer muchas fotos para Instagram y ganarse los cibercorazones de nuestros conocidos y desconocidos amigos.

Porque no olvidemos que si no hay nadie para escuchar el ruido del árbol al desplomarse, resulta que es casi como si no pasara nada y sólo le importa al árbol y a la familia de gorriones que pasaban allí la temporada de verano, que su residencia habitual de Cornisa Alta se recalienta mucho cuando encienden en la oficina el aire acondicionado.

Y claro, el verbo molar (que viene del caló) no se conjuga en tiempo onanístico y requiere de un mínimo de público para ser él mismo.

Por eso, qué mejor forma de matar varios pájaros de un tiro que hacer las cosas de otra manera  y olvidarnos de inventar nuevos sabores, texturas y olores para dejar de ser una de esas marcas que “sólo piensan en ellas”.

Porque en la mayoría de los casos no es un problema de (in)satisfacciones o expectativas: nuestros clientes nos quieren como somos, pero su circunstancia ha cambiado y necesitan más motivación. Son como las leyendas urbanas que se cuentan de las grandes mentes privilegiadas de la historia de la humanidad: capaces de revolucionar la astrofísica pero incapaces de memorizar la  aburrida lista de la compra con la que su madre lo mandó al ultramarino de la esquina.

Es hora de que cambien las tornas.

Hora de que la novedad esté en quien consume, que el ejercicio de valor añadido no sea otro que darle sitio a nuestros consumidores y clientes. Y no un sitio cualquiera: tenemos que demostrarles que nos tatuaríamos un “amor de Juan o de Virginia” si pudiéramos.

No es la hora de las “lovemarks”, si no de las “marksinlove” de sus clientes (y demostrárselo).

Y tu marca, ¿está preparada para entregar su corazón?


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